Después Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: “En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme”.Y el Señor dijo: “Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”.
Dejo algunos fragmentos del libro Discípulos de este Siglo que editamos el
año pasado con Editorial Claretiana de Argentina, sobre algunas parábolas de
Jesús. Aquí van partes del capítulo dedicado al juez injusto y a la viuda
insistente.
El tema de la oración es muy querido por Lucas. Atraviesa su obra de punta
a punta. Este hincapié lucano en la oración tiene dos asideras. La primera es
el Jesús histórico, seguramente hombre de profunda oración. Pero no la oración
en el sentido puritano de la palabra,
sino la oración hecha vida, la oración cotidiana, de todos los días, la que se
hace haciendo. No hay una esquizofrenia ni un muro separando al Jesús que ora
sudando sangre (cf. Lc 22, 44) del Jesús que cura al paralítico (cf. Lc 5,
18-26). Todo está bajo el mismo arco de acción. La segunda asidera para Lucas
es la situación de su comunidad. Una de las grandes preguntas de la humanidad,
que se intensifica en tiempos de crisis, es por qué Dios no contesta algunas
oraciones. Más allá de la bonita esperanza en el Dios que todo lo responde y la
búsqueda de situaciones particulares que, de alguna manera, se relacionen con
algún pedido hecho a la divino, lo cierto es que, por momentos, parecemos creer
en un Dios ausente. En muchísimas situaciones de injusticia se refleja la
desesperación humana de llegar a suponer que estamos perdidos en el universo,
que Dios no escucha el clamor de su pueblo. En la comunidad lucana, apremiada
por una escatología que no termina de concretarse, este tema se potencia. Si se
suponía que Jesús volvería inmediatamente, la demora de su regreso no podía
despertar otra cosa que suspicacias.


